Una opinión, Cinco temas

Ya estamos en guerra…

5 octubre, 2018 | 12:00 am

En Venezuela hay una guerra desde hace muchos años. Pero no es una guerra propiamente externa sino interna. Es la guerra declarada por el poder establecido al pueblo venezolano. ¿O acaso la instigación de la violencia delictiva como mecanismo de acoso u control social, no es una guerra? ¿O acaso la depauperación extrema de la nación —en medio de una bonanza petrolera — para imponer el viejo principio de “empobrece e impera”, no es una guerra?
¿O acaso la destrucción de la democracia y su sustitución progresiva por una hegemonía despótica, no es una guerra? ¿O acaso la estrecha alianza del poder con la criminalidad organizada, hasta el punto de que desaparecen las fronteras, no es una guerra? La respuesta a todas esas interrogantes, lamentablemente, es sí. Por eso ya estamos en guerra.

Consenso y unanimidad
Son conceptos distintos pero no incompatibles. El consenso es necesario para la legitimidad de un sistema político, y para alcanzar la legitimidad, cuando el poder establecido se ha desvirtuado y envilecido. El primer paso del consenso no puede ser todo el espectro de la vida nacional, sino aquellos que tienen atribuida la defensa de la soberanía nacional.

Consenso no es unanimidad, porque esta implica que todos estén de acuerdo y aquella, no. Sólo que el acuerdo sea lo suficiente amplio para ser eficaz, y los que no estén de acuerdo, al menos permitan que se promueva un cambio. Para buen entendedor, no hacen falta más palabras.

Una confusión de fondo
No es verdad, en mi parecer, que la llamada “oposición política” de Venezuela haya auto-destruido su capital político. Y es que tal capital político nunca existió, por lo menos desde el 2004 en adelante. Lo que sí existió fue la expectativa de que el conjunto de esa oposición podía canalizar el descontento masivo en contra de la hegemonía roja. Pero aquello no era un patrimonio propio, sino el reflejo del malestar popular. La gente no votaba por la “unidad” porque tuviera fe en ella como tal, sino como un mecanismo para expresar el voto protesta.

Pero los jefes de la oposición política no pensaban así. Suponían que sí tenían genuina representatividad, al margen de la opinión que se tuviera de la hegemonía. Se equivocaron. La votación que recibieron fue para acuerpar una alternativa política que produjera un cambio de fondo, superara la hegemonía y promoviera una transición. Esa no era la agenda inmediata de esa jefatura. Unos se habrán confundido de buena fe y otros, obviamente, no. Hoy en día significan muy poco. En eso no hay novedad. Pero la expectativa, digamos que indirecta, se ha ido disolviendo. Nada de esto es positivo. Pero es real.

¿Constitución? ¿Cuál Constitución?
El razonamiento es sencillo: si la llamada “constituyente” fue declarada ilegítima desde el propio anuncio de su convocatoria, los que así la declararon no pueden ahora solicitar que la supuesta constitución a ser sancionada, sea sometida a referendo. Eso equivale a desdecirse en cuanto a la ilegitimidad esencial de la “constituyente de Maduro”.

No obstante, declaraciones de ese tipo van y vienen. Declaraciones que implican una legitimidad para la “constituyente” y su producto o una nueva constitución. Por eso es que casi nadie puede creer en quien haga maromas tan grotescas.

Almagro vs Zapatero
En relación con la realidad venezolana, Almagro tiene razón y Zapatero, no. El primero defiende los derechos democráticos de los venezolanos, y el segundo aboga por el continuismo del despotismo imperante. Dos posiciones irreconciliables, que además muestran a dos personalidades completamente distintas: una regida por principios y otra movida por intereses impresentables. Por cierto que ambos se definen como socialistas, aunque el socialismo de Zapatero no puede ser más lamentable.

Dicho esto, la posición valedera de Almagro puede debilitarse si utiliza expresiones impropias para referirse a Zapatero. No impropias por falsas, sino porque desbordan las formas de la diplomacia y se pueden tornar como un bumerán. Mi opinión sobre Zapatero no puede ser más negativa, pero no hace falta insultarlo. Él se insulta a sí mismo.

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