Viernes de un Andariego

Viernes de un andariego

14 septiembre, 2018 | 12:00 am

Uno llega a pensar que tan solo a una mente enferma, alucinada y retorcida, como era la suya, podía ocurrírsele semejante despropósito: reubicar en las mejores y privilegiadas zonas urbanas de Caracas y otras poblaciones interioranas, a los antiguos habitantes de las barriadas más depauperadas y hostiles de las ciudades.

Las trágicas consecuencias de aquella iniciativa del difunto “comandante eterno”, están ahora a la vista de quien las quiere ver. Sangre y muerte y todos los abominables y siniestros matices de la violencia con impunidad, constituyen el retrato más fiel de aquella medida demencial.

Dicen muchos que el móvil político era minimizar las protestas ciudadanas frente al cúmulo de abusos que permanentemente estamos presenciando en todos los confines de este país. Sin un estudio consistente y generalmente apelando al recurso de las expropiaciones ilícitas, con el ingrediente de la amenaza por delante, se fueron levantando las edificaciones que ahora, en medio de las estrecheces y de los servicios colapsados, han dado cobijo —seguramente con las excepciones del caso— a una crítica supervivencia colectiva, pero donde tienen asiento también las más despreciables perversiones humanas.

“Nunca hubo allí —comenta nuestro amigo— la más leve intención por parte de la autoridad competente de enseñarles, con alguna herramienta pedagógica, los principios básicos de la convivencia comunitaria. Por supuesto, tampoco existieron los regímenes de selección para la escogencia de los usuarios de aquellas edificaciones. Quizás por ello esa gruesa madeja de vicios, costumbres y modalidades de vida que a menudo ha representado el distintivo de las más empobrecidas barriadas y que fueron trasladadas a sus habitáculos actuales dando lugar a los más inverosímiles pero dantescos relatos de existencia cotidiana”.

En verdad que no falta un día sin que las crónicas rojas den cuenta de los más variados y estremecedores hechos punibles que usualmente se suceden en las edificaciones construidas por la llamada “revolución bonita”. Atracos, violaciones, robos y matanzas figuran en ese muestrario delictivo que frecuentemente, y aliñados con las drogas y el alcohol, constituyen un abominable y desesperanzador modelo de la existencia. Y, por supuesto, sin la respuesta oportuna de la autoridad policial que constantemente se resiste a penetrar en las llamadas “zonas de paz”.

Quizás lo más preocupante de la situación es la zozobra, el desconcierto y el temor que ahora sienten los vecindarios que alguna vez disfrutaron de la paz y la tranquilidad y que ahora se ven amenazados por los nuevos “vecinos” que con frecuencia roban viviendas y vehículos, asaltan en las inmediaciones, invaden las canchas deportivas y comenten los más indescriptibles abusos en las colas de abastos y supermercados, y todo ello producto del reacomodo urbanístico promovido por el régimen chavista.

“Ciertamente que no ha sido fácil —prosigue el amigo— la interacción de las formas tradicionales de vida de los antiguos vecindarios, con la llegada de los nuevos habitantes de la “misión vivienda”. Aparte de la aureola de violencia que supuestamente les rodea, estos por la fuerza de sus costumbres y modales, son generalmente vistos con aprensiones y naturales recelos y ello, como es lógico, no contribuye precisamente a la normalidad cotidiana”.

Es posible que con el paso del tiempo y la sujeción a comportamientos culturales diferentes aparezcan otros estilos de convivencia.

Tiempo.