Viernes de un Andariego

VIERNES DE UN ANDARIEGO

3 agosto, 2018 | 12:00 am

El metro de Caracas, el mismo que en el pasado llegó a concitar las más entusiasmadas alabanzas de millones de sus usuarios, se ha convertido ahora en uno de los testimonios más elocuentes de las infinitas capacidades del régimen dictatorial para la ineficiencia y la destrucción. Fue, en sus inicios, una institución modélica que se percibía claramente como una esperanza de futuro para la movilidad de una gran ciudad que abrigaba esperanzas de un futuro promisor, pero la incuria disolvente del gobierno chavista la ha desmembrado irreparablemente, hasta transformarla en un indeseado submundo donde necesariamente sucumbe cualquier tentativa encaminada a devolverle los ingredientes de la civilidad que en alguna ocasión se respiraba en sus andenes.

Sin el pago de los servicios, se dio paso a la llamada “puerta franca”, precisamente en ese entorno —y ya sin recursos disponibles— se hicieron cotidianas todas las menudencias malsanas y, entre ellas, la disciplina que allí no existe, pero que es indispensable para la salvaguarda de valores enderezados a garantizar la normal convivencia entre los seres humanos.

La mala calidad de los servicios, matizados por constantes interrupciones, el permanente sofoco de los usuarios por las carencias de acondicionadores del aire, la rapiña y el robo de carteras, bolsos u otros enseres, las riñas constantes en las gigantescas colas que suelen hacerse, y la absoluta ausencia de los cuerpos policiales, constituyen amenazas permanentes para todos los compatriotas que requieren la prestación de ese servicio. Si a todos estos trastornos se le suman las frecuentes solicitudes de dádivas y las recurrentes ofertas de una buhonería cerril, que amenaza, ofende y agrede a quienes se resisten a sus requerimientos, la situación se convierte en severas dificultades para todos los viandantes.

“Ahora el Metro —cuenta el amigo— se ha convertido en uno de los peores escenarios que tiene la ciudadanía para intentar el alivio a sus necesidades de traslado de un lugar a otro de la gran ciudad. Los trenes, completamente abigarrados de pasajeros, siempre dispensan temperaturas excesivamente elevadas para ser soportadas por los viajeros que más temprano que tarde habrán de resentir las correspondientes secuelas. La palabra respeto fue excluida completamente del léxico de los usuarios en perjuicio preferentemente de la tercera edad, las damas y las embarazadas. El criterio más generalizado es que la misma situación la viven también quienes utilizan los trenes en rutas más alejadas de la ciudad capital”.

Lo cierto es que la buena imagen que alguna vez llegó a tener el sistema subterráneo se ha ido desdibujando irreparablemente. Es muy fácil predecir que los tropiezos que ahora se visualizan continuarán agrandándose en la misma manera en que está desapareciendo vertiginosamente el transporte superficial, tanto por la carencia como por la cuantía que supone la dotación de repuestos para mantener activo al parque automotor.

“Se trata —prosigue el amigo— de la degradación paulatina de un servicio que llegó alguna vez a tener niveles de excelencia, cuando Venezuela, como país, despuntaba entre todas las naciones de esta parte del planeta.”

Sin lugar a dudas el régimen totalitario, con su infinita capacidad para la destrucción, ha llevado al Metro por el mismo camino que han seguido todos los segmentos industriales y comerciales, así como, cualquier asomo de productividad privada, bien sean urbanas o rurales.

Envueltos en la hecatombe.