Viernes de un Andariego

Viernes de un andariego

6 julio, 2018 | 12:00 am

A todo lo largo de esta trágica gestión de gobierno que casi está por cumplir los cuatro lustros, las palabras siempre han estado caminando por un lado, mientras los hechos reales —ello se observa a la luz de todos los soles—, transitan por senderos diferentes. Sus voceros —incluyendo por supuesto a Nicolás Maduro— profieren palabras altisonantes, amenazan y ofenden, como si ese abominable estilo político pudiera servir de algo para derrotar a la oceánica frustración que nos agobia, pero todo queda reducido a una suerte de novela bufa que pareciera no encontrar su final. Todo el mundo sabe que detrás de esa ominosa fachada se encuentra almacenada ese inmenso cúmulo de angustias que supone el sentir en carne propia el vasto descontento de un pueblo y la imposibilidad absoluta —el modelo económico lo impide— de encontrar soluciones para tantos problemas que nos sitúan permanentemente en condiciones de precariedad jamás vistas en el planeta. Sin ningún propósito de enmienda, el gobierno se aferra desesperadamente al poder, como manera de prevenir el castigo del futuro y no pareciera conmoverse frente al proceso de irremediable disolución que estamos viviendo. Los bienes públicos fueron saqueados y dilapidados, toda nuestra infraestructura industrial fue convertida en ruinas, los insumos de alimentos y medicinas son simplemente una quimera y por el otro lado un aislamiento internacional, con tendencia a profundizarse, imposibilita cualquier vestigio de financiamiento para paliar nuestras necesidades inmediatas. Ya el descontento colectivo no conoce fronteras, como lo observamos diariamente, y por ello la incesante procesión de migrantes en búsqueda de un respiro en cualquier otro lugar de la tierra.

“A diferencia del pasado —comenta nuestro amigo— ya los ascensos militares, habituales en estos días, no llaman la atención de nadie. Las celebraciones quedan reducidas al círculo de los íntimos, porque en el país se les observa como simples comparsas de los malhechores enriquecidos, que nos han condenado a todos a un mundo de privaciones y sufrimientos”.

El gobierno continúa afirmando que somos potencia y que con seguridad sobrevendrá la recuperación económica, pero a la vez también ofrece la radicalización del socialismo, sin llegar a determinar la verdadera autoría de los desastres financieros que hemos vivido, ni los niveles de culpabilidad que ello debiera suponer. Para el régimen no existen culpables del famoso Plan Bolívar, las denuncias de Aponte Aponte jamás fueron procesadas, como tampoco las feroces acometidas del narcotráfico. Según sus próceres, la debacle de Pdvsa y las empresas de Guayana, son un mito inventado por el “imperio”, como tampoco ha sido admitido el caso de Antonini y su maletín, ni las calamidades públicas propiciadas por Corpoelec e Hidrocapital.

“Ellos —se alarga la conversa— quisieran involucrar al ex-alcalde Ocariz y la diputada María Corina Machado en un listado delictivo, pero no se ocupan del desastre ocasionado con las empresas de maletín y las inmunidades dispensadas al grupete de militares y civiles, con conexiones gubernamentales, que se han enriquecido groseramente con los negocios de los estupefacientes”.

A punto de sacudirse su inexplicable marasmo y por la propia ebullición del contaminante descontento que existe en el país, la oposición tendrá ahora que imaginar los mecanismos más efectivos para ponerle fin al régimen y aperturar los caminos para la democracia y la libertad.

La esperanza está invicta.