Viernes de un Andariego

Viernes de un andariego

22 junio, 2018 | 12:00 am

Sin lugar a dudas esta situación difícil que todos padecemos, ha sido la más protuberante, costosa y dañina estafa que se le ha inferido a Venezuela. Con solo inventariar los famélicos resultados de estos largos lustros de hegemonía “revolucionaria” —el “eterno” en primer lugar, y ahora seguido por Nicolás Maduro como emergente— cualquiera puede comprender las magnitudes de este inmenso deslave político, económico y social que implacablemente nos arrebató a todos los sueños y la esperanza. Se trata de una hecatombe verdadera donde los más primitivos y despreciables instintos, han encontrado un asidero apropiado. La corrupción, en sus más variadas y modélicas expresiones, se llevó en los cachos la mejor época de nuestra riqueza petrolera, bajo el influjo de la elevación de los precios del crudo, algo, que según los entendidos en esa materia, jamás se volverá a repetir. Duele, verdaderamente, ponderar los corrosivos e irreparables daños ocasionados a las personas y sus propiedades, cuando estos fueron el producto del esfuerzo, el trabajo creador y la constancia. En el campo, cualquiera sea su ubicación, induce a la tristeza constatar los dañinos e irreparables efectos de las expropiaciones que solamente han dejado como abominable herencia, la desolación, la impotencia y la desdicha, que ahora reina en esas vastedades.

“Cualquiera tiene que sentirse abatido —es el comentario del amigo — cuando se visualiza la destrucción de nuestras industrias fundamentales, incluyendo a la petrolera, la carencia de los servicios públicos, el colapso hospitalario, la falta de servicios fundamentales y la recurrente escasez de los alimentos y la medicina. Por lo demás, son racionalmente inalcanzables, los precios a que se obligan los compradores para la adquisición de estos insumos”.

Un viejo historiador venezolano decía alguna vez que este dramático episodio que estamos padeciendo, sólo podría tener alguna semejanza con el gobierno que encabezó en el pasado el General Julián Castro, pero haciendo la salvedad que aconteció en momentos en que la peste y la langosta, asolaron a Venezuela. En cualquier caso, a esta hecatombe que presenciamos habría que añadir la insaciable voracidad de vastos contingentes del funcionariado, bien sean civiles o militares, que han hecho de la rapiña de los bienes públicos, en sus más diversas escalas, un modelo de vida que cuenta como sus principales aliados a la impunidad y las complicidades.

“Siempre resultará difícil cuantificar a plenitud, —prosigue la conversa— los recursos que ha tenido a su disposición esta disoluta “revolución”. Los controles y reparos que antiguamente se realizaban para conocer los verdaderos destinos de los bienes públicos, ya desaparecieron por completo. Las sanciones que ocasionalmente se llegan a imponer, solo alcanzan a un grupito muy reducido del funcionariado, fundamentalmente a quienes de una u otra manera expresan su inconformidad con el régimen madurista”.

Lo único que por ahora alimenta las esperanzas de alguna justicia por tantas fechorías cometidas por este grupete de depredadores que nos ha tocado en suerte, son las sanciones ya impuestas y otras que están por llegar, por los gobiernos democráticos del mundo que no perdonan la deriva antidemocrática de este régimen militarista y totalitario.

Pero pronto, las cosas serán diferentes.