Una opinión, Cinco temas

“Nunca entregaremos el poder”…

23 marzo, 2018 | 12:00 am

“Nunca entregaremos el poder”…

No se anda con muchos rodeos la presidenta de la pretendida constituyente de Maduro, Delcy Rodríguez. No es de extrañar, el predecesor de su jefe proclamaba que iba a mandar hasta el dos-mil-siempre. Estos jerarcas de la “revolución bolivarista” harán todo lo que puedan hacer para mantener sus privilegios, en especial su impunidad. Han abusado tanto del poder, han cometido tantos crímenes bajo su amparo, han depredado tanto el patrimonio nacional, que saben muy bien que no tienen alternativa al poder, que no sea la condena universal, y no simbólica sino muy real.

Tienen casi veinte años suministrando evidencia tras evidencia, y sin embargo todavía se encuentran por allí los que se rasgan las vestiduras para impulsar una transición armónica hacia la democracia y la reconciliación de todos los sectores políticos… Eso no va a pasar, si los dueños de la hegemonía pueden evitarlo, y a eso se dedican mañana, tarde y noche. Pero claro, el aprovechamiento opresivo y envilecido del poder no es ilimitado.

Implosión demográfica

Una implosión, entre otras acepciones, es la disminución brusca del tamaño de un astro. Cambiando lo mucho de cambiable, valdría la licencia de utilizar la expresión “implosión demográfica” para aplicarla a la reducción creciente de la población venezolana que se mantiene en el territorio nacional. Si han salido cerca de 4 millones de venezolanos a buscar nuevo destinos en el exterior, ello significa, abusando de la referida expresión, que nuestra nación padece una implosión poblacional…

Se conoce bien el concepto de “explosión demográfica” o el aumento súbito de la población en un determinado territorio. En otras épocas, Venezuela vivió periodos de explosión demográfica. Ya no. Ni de lejos. Pero lo más grave es que una parte considerable del capital humano, mejor formado y de nuevas generaciones, está saliendo del país casi en estampida, y sin el casi. Para Venezuela, la “implosión demográfica” es otra tragedia. Para la hegemonía roja, no.

Contradicciones

Los que conciben el poder como un patrimonio personal y perpetuo, independientemente de su ideología política –si es que tienen o profesan alguna–, son igualitos. El que está con ellos, a su servicio, es una maravilla, un dechado de virtudes, pero si se sale del patrón, si corcovea, entonces cae en las profundidades de la desgracia, y pasa a ser lo peor de lo peor. De pronto sus mentores o aliados de ayer, “descubren” que ha sido un megacorrupto, o un asesino en serie, o algo por el estilo. Ojo. Es probable que lo fuera, pero en ese caso lo era “antes” de caer en desgracia, y por tanto sus denunciadas fechorías tienen como cómplices a sus denunciantes de hoy. ¿Hace falta mencionar nombres? No lo creo.

Criptoestafa

Los chinos no quieren comerciar con criptomonedas, los gringos tampoco, los europeos, pocos. Maduro es quizá el único que se hipoteca a la criptomoneda. Y sustentar el llamado petro en las reservas petroleras de Venezuela es inconstitucional. No solo de afuera lo reconocen así, sino que de adentro tiene que hacerse la advertencia: negocios con criptomonedas “respaldadas” por petróleo son criptoestafas, o mejor: estafas puras.

Los 18 de Putin

Vladimir Vladimirovich Putin, lleva 18 años en el poder de Rusia, aunque por una temporada dejó a un colaborador en la presidencia, para salvar las apariencias del cumplimiento de la Constitución. Pensará Putin que 18 años no son mucho tiempo, si se les compara con las décadas de Stalin –a quien poco a poco trata de rehabilitar; o si se compara con el caribeño Fidel Castro o con su vecino bielorruso Lukashenko, quien pronto cumplirá un cuarto de siglo mandando a sus anchas. Putin es un déspota del siglo XXI: despiadado como cualquier otro de cualquier época, pero muy ocupado en cultivar y proyectar una imagen de dinamismo, modernización tecnológica y patriotismo.

Los déspotas como Putin son muy peligrosos, entre otras razones, porque se esmeran en representar actitudes y opiniones colectivas de sus pueblos. No necesariamente tiranizan a espaldas de la nación, sino calculando sus movidas para recrear la figura de un padre protector. Lo que en su muy extensa patria han llamado y llaman “el padrecito”. Cuando subía los escalones de la KGB, en la entonces Unión Soviética, es probable que ya Putin tuviera ambiciones de poder absoluto. Las ha realizado. ¿O no?