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El ex magistrado permanecerá en Estados Unidos y los americanos ignoran las declaraciones del canciller Maduro. “No irá a Venezuela”, dijo un vocero del Departamento de Estado
Se ha dicho siempre que la revolución se come a sus hijos y en el caso del magistrado, a sus jueces. También se ha dicho que la revolución no es de quien la inicia sino de quien la termina.
En el caso de esta revolución bolivariana, son muchos los que se ha tragado, comenzando por los juramentados del Samán de Güere. Ni siquiera a quienes se erigieron en salvadores, en nombre de la Operación Dignidad del 12 de febrero del 2011.
Urdaneta Hernández, el más bravo de todos, que demoró su rendición, ya ni habla ni quiere hablar de lo que llaman líderes del proceso. Arias Cárdenas se fue, incursionó en la burocracia de la Cuarta y volvió incondicional, por ahora, porque como dijo alguien, de pronto escapó con gallina y todo. Católico, casi cura, fanático de la Iglesia, abandonó hasta su leal mujer en nombre de la resurrecta pasión revolucionaria. Ahora es un fiel soldado de su comandante.
El caso de Acosta Chirinos es distinto. Aunque también probó las mieles de la Cuarta, como subalterno de Arias Cárdenas en el PAMI del gobierno de Caldera, se refugió en su tierra a la sombra de algunos de sus compatriotas burócratas. De tiempo en tiempo aparecía rebelde. Denigraba del proceso y de sus jefes. De pronto, casi inspirado en la doctrina rocambolesca de Arias, insurgió con apetitos de poder. Chávez no pareció oír el grito de rendición. Acosta “sigue listo para entrar en el gobierno”.
Otros oficiales como Guyón Celis, Visconti, Garrido, continúan renuentes al regreso. La parte civil no es distinta salvo en la cantidad, que es superior. Desde Miquilena y más de 50 dirigentes de la vieja izquierda, dijeron NO a la prédica revolucionaria.
Lo de Aponte es otro episodio. Lo trajeron de juez de Aragua a la Fiscalía Militar. Lo necesitaba y ahí estuvo el coronel presto a “consolidar de la mano de la justicia el proceso”.
Lo hice porque creía en él, confesó a un abogado amigo. “Pero pronto vi mis ideales sin rumbo. No coincidían con la clase un tanto elitesca de esa revolución soñada. Obedecía ciego al poder. Pero la justicia abría los ojos. Llegaron a un límite. Ya no era posible. Mi conciencia me atormentaba”, concluía en la conversación con su colega.
Aponte decidió dar el salto. Le creyeron más a su archienemigo Cliver Alcalá, que a una lealtad probada. Alcalá Cordones es un oficial incondicionalmente obediente del Jefe. Y Chávez cree en él. La prueba del 11 de Abril del 2002 creó un pasivo de consecuencias en Chávez.
“Mientras otros se rendían, Clíver y su hermano vaciaban sus armas contra los golpistas en Falcón”, dijo uno de los viejos edecanes de Chávez.
Fue Clíver quien alertó a Chávez de las andanzas de Walid Makled. En nombre de esa confianza desató la guerra contra Aponte. El magistrado cayó en desgracia. Su acusador no era el urredista. La sentencia llegó primero que el libelo. No había salida institucional para el ahora “magistrado delincuente y traidor”. Es así como llega a Panamá, en un vuelo de COPA.
Hoy es otro perseguido. Con o sin razón. Ahora es cuando comienza esa película”. “A mi esposa la secuestraron meses antes y nadie investigó”. Mi casa, adquirida hace 20 años, fue ocupada y saqueada. Mi hija, esposa del Cónsul de Venezuela en Siria, debió salir de la oficina. El yerno ya no es Cónsul. Otra hija fue expulsada de un Registro. Su abogado sufrió un intento de captura en Maiquetía.
Para Marcos González López, residente en Florida, vocero de estas confesiones, el magistrado no regresará a Venezuela. Estados Unidos le ha dado todas las garantías. Ningún juicio y mucha protección.
El magistrado va a contar episodios como los juicios a comisarios, a los Guevara, a Lapi y Rosales. Él ya es culpable de la injusticia. Pero quiere que aparezcan los dueños de la carpa.
El otro magistrado magistrado
Luis Velásquez Alvaray, ex magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, hijo de revolución de Chávez, reapareció en Miami. En la misma televisora y con las mismas denuncias de manipulación del Poder Judicial. No sé por qué creo que la forma como vienen presentando estos casos, más que darle fuerza a denuncias similares, las debilita. Llego hasta a pensar que hay una burda estrategia que culminará sin el objetivo de sus creadores. Que sea la misma televisora, en el mismo lugar, sugiere disimiles interpretaciones. ¿Qué hay detrás de lo de Alvaray? ¿Por qué esperó tantos años para decir lo que dijo? ¿Por qué hizo lo que dice que le ordenaron hacer? Extraño. Es este ex magistrado un instrumento del banquero anfitrión. Vaya usted a saber, diría el árabe de Calderas, mi querida tierra de Barinas. Tierra también de El Troudi, el fracasado ideólogo de la revolución y del Metro.

