Quinto Día Online
24 de Septiembre del 2017

Una opinión, Cinco temas

¿Puede haber algo peor?

¿Puede haber algo peor?

Fernando Luis Egaña

flegana@gmail.com

 

 

 

Teóricamente, las cosas siempre –o casi siempre, pueden empeorar, comenzando por la situación general de un país, como consecuencia del dolo y la negligencia de quienes lo desgobiernan. En el caso de Venezuela, la pregunta es difícil de contestar. Cierto, que no hemos llegado al llegadero y el margen de deterioro existe. Cierto, que el régimen que es responsable de todo ello ha llegado a extremos mundiales de incompetencia, corrupción y manipulación de los hechos.

 

Pero también es probable que esto que se identifica como “gobierno bolivariano” ya no tenga más allá en materia de improvisación, incuria, depredación y afán destructivo de todo lo que no se le subordine. Respondo pues: ¿Puede haber algo peor? Quizá no.

 

 

 

 

La carnicería de Dilma

La expresidenta de Brasil, Dilma Rouseff, destituida del cargo por corrupción, señala que la crisis venezolana puede terminar en una carnicería, de llegar la oposición al poder… En realidad, la crisis venezolana es una catástrofe humanitaria, entre otras razones, porque ya hay una carnicería humana. Los niveles de violencia criminal en Venezuela hacen palidecer a los de Brasil, lo cual no es poca cosa. La violación de los Derechos Humanos desde el poder es generalizada. Asesinatos, torturas, encarcelamientos, persecuciones, exilios. Sólo en los últimos meses más de 100 venezolanos, en su mayoría jóvenes, perdieron la vida por la brutal represión de la hegemonía.

 

Se equivoca usted, señora Rouseff. La carnicería venezolana no es una hipótesis o una amenaza, sino una tragedia en pleno y creciente desarrollo. Si no lo ve así o no lo quiere reconocer, es lamentable. Cada quien tiene derecho a sus propias opiniones –por más equivocadas que sean, pero nadie tiene derecho a sus propios hechos al margen de la realidad. Y la carnicería es una realidad de Venezuela.

 

 

 

 

Una corrección necesaria

Algunos comentaristas, claramente opuestos a la hegemonía roja, han escrito o declarado acerca de la “estrangulación financiera” que supondría las medidas de Trump sobre la restricción de las operaciones de deuda venezolana en EEUU. La verdad es que no hacían falta estas medidas para que Venezuela ya estuviera estrangulada financieramente. Con una deuda colosal, en comparación con sus exportaciones, con los intereses más caros del mercado, con una desconfianza generalizada, y con el salvavidas chino que es más intrincado que el idioma mandarín, la estrangulación financiera es un hecho de larga data.

 

¿Quiénes estrangularon a Venezuela en el dominio financiero? Por una parte, Chávez y Maduro, por la otra, Fidel y Raúl, y por si todo esto fuera poco, la boli-plutocracia más voraz y depredadora del mundo. Me disculpan los referidos comentaristas, pero se trata de una corrección necesaria.

 

 

 

 

Así son las cosas…

Solía decir el viejo “chivo negro”, Óscar Yanes, que en paz descanse. La fiscal general Luisa Ortega Díaz estuvo añales en el cargo, y antes de ser la principal, era la mano derecha del fiscal Isaías Rodríguez, de ingrata recordación. Cuando la fiscal Ortega estaba alineada a la hegemonía, era considerada por el oficialismo como un ejemplo maravilloso.

 

Después, cuando por las razones que fueren, se empezó a desmarcar de Maduro y los suyos, quienes la colocaban como un ejemplo de “virtud revolucionaria”, le empezaron a encontrar las condiciones y ejecutorias más impresentables. Y como dicen en Colombia: ¿cómo así? Es que así son las cosas en el mundo siniestro de la hegemonía roja.

 

 

 

 

La sonrisa del gordito

En prácticamente todas las fotografías que su dictadura totalitaria y dinástica pone a circular, Kim Jong-un sale muerto de risa. Una risa forzada y uniforme, pero una risa que no debe ser nada graciosa para ese sufrido pueblo de Corea del Norte, víctima de un régimen que no tiene nada que envidiarle a lo peor del estalinismo y del nazismo, juntos. Sus mentores en Beijing cada vez se ríen menos, porque la carrera armamentista de Tokio acelera su velocidad. Kim Jong-un es una amenaza que los japoneses no desaprovechan.

 

Trump tampoco se ríe, pero los gringos, en realidad, no saben cómo enfrentar con eficacia a Pyongyang. El mundo sería un lugar menos inseguro si el gordito dejara de reírse. Ojalá y así ocurriera, y pronto…