Quinto Día Online
18 de Noviembre del 2017

Cartas del Lector

Piedras rústicas en lozanas manos

Piedras rústicas en lozanas manos

Vestía franela amarilla, que le daba un poco más arriba de su cicatriz umbilical. Su plano abdomen hablaba de muy poca celulitis. Llevaba puestos blue jean apretados, corroídos y deshilachados que dejaban entrever entre sus orificios, sus rosáceos y contorneados muslos. Cubría la mitad de su rostro con un pañuelo negro que contrastaba con el color de su blanca tez. De mirada juvenil, confusa, no sé si era de odio o de compasión. Al pasar frente a ella sentí cierta suspicacia, porque ignoraba qué actitud iba a tomar, aunado a ello, la adolescente andaba en camada. Sus antagónicos bíceps reflejaban que sostenía las pequeñas rocas con cierta aprehensión femenina. Ni que el pecho fuera de hierro y el lomo de algarrobo para no sentir cierto resquemor; es una condición de nuestra naturaleza humana. No es paranoia. A mi alrededor no veía ningún cuerpo de seguridad, llámese Guardia Nacional o Policía Nacional Bolivariana.

 

Todo aconteció en una calurosa tarde del mes junio del año en curso, un día cualquiera de la semana, mientras regresaba de ejercer la docencia en una universidad local. Me desplazaba en un bus de la ruta Maracay- Cagua, cuando a la altura de la entrada del pueblo recibimos la orden expresa del chofer que nos apeáramos, porque había una guarimba más adelante y que teníamos que seguir a pie. Ante estas instrucciones, los pasajeros empezamos a desembarcar el vehículo, y murmurando como sonido de cigarrones, desalojamos el transporte. Con mi maletín en una de mis manos, al pasar sobre un puente, lugar donde precisamente estaba la concentración ¿pacífica? -pacíficas las piedras, mientras no desarrollaran energía cinética- de pronto se vinieron a mis decrépitas neuronas, lanzar mi cartera de bolsillo a la negruzca quebrada que serpenteaba debajo del puente, ya que había escuchado testimonios recientes, de terceras personas, que en esos eventos a todo el que pasaba le pedían la documentación. Como portaba instrumentos que podían incrementarle la furia, de ahí mi fugaz preocupación. Desistí de mi intención. Fallecer quemado en esas circunstancias, creo que es una de las muertes violentas más viles para un ser humano; pensar que en vida estás aspirando tu propia candela, hasta quemarte la mucosa de la tráquea. Me arriesgué y pasé trastabillando los obstáculos cuando me tropecé súbitamente con la fémina. Al ver el contorno, observé otro grupo de jóvenes, todos encapuchados con las franelillas de moda, algunos con cabillas en mano –no para la construcción-, con gesto poco apacible; unos más que otros con máscaras antigases, en su mayoría con escudos; emulando a los caballeros templarios de la Europa medieval. Claro, no andaban en caballos, sino en flamantes motos que zigzagueaban como abejas alrededor del panal. Si continúan con la guachafita, ya lo veremos con armaduras. Se veía por doquier cauchos en llamas, árboles mutilados, alambres de púas y otros parapetos con alusiones antigobierno, que impedían la libertad de tránsito a otros compatriotas, que se sentían humillados por la ley anárquica que aquel enjambre de alteradores del orden público en patota, imponían por su voluntad al resto de la ciudadanía. Casi que colocaban en sus panfletos: “¡La ley soy yo!”. Sólo faltaba un sacerdote que los exorcizara con agua bendita.

 

Como cosas coincidentes, no sé si casualidad o causalidad de la vida, ya traspasando el lugar de los hechos me encontré con un médico, quien se había lanzado como candidato en unas elecciones por la Mesa de la Unidad Democrática. El galeno apoyaba con la logística a los benignos manifestantes. Pero, eso sí, agazapado como quien no quería la cosa, bien vestido con la camisa planchadita y sus pantalones de corte italiano; la cara sin reminiscencias de carbón, como andaba la muchachada en efervescencia. Bajo la sombra, con cara de “¡yo no estaba ahí!”, observaba los acontecimientos. Lo saludé entre dientes. Éste, prevenía la ruta de evacuación más expedita. Pasada la odisea, continué mi marcha a patica limpia hasta llegar a mi casa con el sudor en la frente. Mis glándulas sudoríparas ya habían trabajado lo suficiente. En el camino no dejaba de pensar en la moza con las piedras rústicas en sus lozanas manos.

 

 

 

José García

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