Opinión
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Aquí, en la cruda realidad venezolana de hoy, empiezan a acumularse los rasgos característicos de la Guerra Civil. Está ante todo presente, la anarquía, aquella “santa anarquía” con la cual el prócer coto Paul amenazaba a los españoles y sometía a los criollos. Todo esto quiere decir que ya están presentes algunos aspectos de la guerra civil pero faltan otros para que el cuadro político marche en esa dirección o se precipite por ese barranco. Hay, por sobre todo de la guerra civil, la desobediencia generalizada a la autoridad ese estado de indisciplina universal que recorre y se ha instalado en Venezuela. Aquí somos todos iguales, es insurgencia redonda, pequeña y agazapada que aconseja burlarse del patrón, desobedecer a soldado o al militar es el rasgo más parecido a aquellos que prevalecen en las guerras civiles. El comandante Chávez no es revolucionario y por el contrario tiene de adeco casi todos los rasgos de su personalidad político, pero hay que reconocerle, con gallardía, que nadie en los últimos cincuenta años, ha contribuido más a la erupción universal, fundamento de toda insurgencia que el teniente coronel Hugo Chávez. No puede haber revolucionado sin una erupción de tal magnitud, entre los de abajo, que amanece y destruya toda regla de obediencia en la sociedad. Sólo cuando todos los tronos, todas las potestades, todas la instituciones de las más sagradas hasta las más manoseadas sufren el rigor del desacato y de la burla, puede considerarse que se ha instalado el espíritu revolucionario en una sociedad. Los alzamientos del comandante Chávez, entre 1992 y 1994, fueron fragua activa y escuela memorable en las cuales se forjó toda una juventud para el desacato y la insurgencia.
Las deficiencias del comandante Chávez son también notorias. Una debilidad por el liderazgo caudillezco, una escasa formación teórica y una vanidad excesiva que lo lleva a preferir, como colaboradores a mediocridades menos que grises para llenar con ellas, casi de manera exclusiva, los despachos oficiales. Hay contradicción, que resolverá la historia en una ocasión que nadie podrían determinar desde ahora, entre los postulados de la doctrina bolivariana y su presentación frente a las realidades concretas. Esa contradicción la viene arbitrando el PSUV, de manera oportunista, haciéndose el loco, pero las maromas históricas, nacidas siempre para enfrentar un entuerto concreto. El PSUV ha tenido que manejar enfrentamientos de menos jerarquía en lo cual no ha demostrado la guerra oportuna y la sutileza necesaria para decidir cuando la solución cause los menores males. De los jefes militares, del 4 de febrero y del 30 de noviembre solo hoy destacados por su dimensión Hugo Chávez Frías, los demás son burócratas aburridos y fastidiosos. Las transformaciones que exige para los meses venideros el enfrentamiento de los problemas de la vida nacional amenazan con llevarse todo el liderazgo del llamado Estado mayor revolucionario. No hay alternativas en la fila revolucionarias y ello hace del PSUV una pared desvencijada y estéril. Chávez que ha triunfado como caudillo militar, entre otras cosas por las ventajas, no proporcionaba la división infinita del liderazgo civil. No gozando Chávez ahora de tales ventajas dada la creciente unidad del campo civil y la división de las cúpulas militares, tendrá que aguzar su imaginación al máximo para que el movimiento del cual es jefe ir removible formule una política acorde a las circunstancias.
Chávez ha recibido y manejado las ventajas con que llegan a contar los principios herederos en las monarquías absolutas cuando la familia real llega dividirse. El principio se ve contestado y resistido, pero reúne de todas maneras el mayor contingente de factores en torno a su persona. La política venezolana de hoy es un enfrentamiento entre caudillos militares que juegan o aspiran jugar, todos ellos, con las figuras del procerato civil. Los militares, son todos son excepciones, una especie de pernaletes haciendo política en la galleras como en las mejores novelas del viejo Gallego. Y los civiles, tanto de la Oposición como del Gobierno se asemejan cada vez más al bachiller Mujica. Nunca imagino Rómulo Gallegos que tres cuartos de siglo, luego de su muerte, Venezuela terminaría siendo una versión autentica de aquella sociedad llanera donde hombres y mujeres eran una versión empequeñecida de la realidad circundante. En el fondo todo esto sucede porque la sociedad venezolana ha perdido sus motores más dinámicos y, varada en medio de un océano proceloso aguarda ahora el desenlace de un drama que no supo o no pudo dirigir.
En aspecto básico y al mismo tiempo trascendental, la política venezolana ha vuelto a operar como en tiempos de las dictaduras tradicionales. Nuestras tiranías más largas y sangrientas fueron vulgares coaliciones de las amarillas caudillistas más influyentes en momentos en que un remezón caudaloso pintaba un panorama de guerra civil. El más afortunado de nuestros tiranos Juan Vicente Gómez junto a muchas amarillistas civiles y montoneras militares para enfrentar la crisis que aparejo el tránsito a la Venezuela del siglo XX y de la economía agraria a la economía petrolera. Gómez dispuso de los instrumentos necesarios para actuar. El ejercicio se ocupaba de vencer y dispersar a los caudillos vencidos, entre tanto Nereo Pacheco los cargaba de grillos en la Rotunda de Caracas o de los caudillos de la costa. Algunos les llamaban a colaborar, tras la palinodia que era necesario cantar como una Marsellesa de la rendición incondicional. Chávez va siguiendo ayudado por sus diosdados, sus aristóbulos, la ruta de la consolidación. Tiene todavía graves conflictos por ventilar pero va saliendo a la otra orillera del río.
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