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El último y nos vamos

¡O Sole Mío!

¡O Sole Mío!

Salvador Fleján

@salvadorflejan

 

 

En los años 80, como muchas otras novedades de la época, surgió una nueva casta de bares que vendría a llenar un nicho que hasta ese momento había sido ignorado. Hizo su aparición de una manera tímida al principio, pero ya al final de aquella década, tomó un auge inusitado que lo convertiría en toda una institución: el “bar de estudiante” había llegado para quedarse.

 

Pero el bar de estudiante no podía ser cualquier bar. Ningún establecimiento se autoproclama como tal. Para que esa feliz coincidencia pudiera darse, el local tenía que cumplir con una serie de exigencias que sólo el ojo avezado de estudiante famélico podía evaluar. Por razones meramente geográficas, el bar siempre  tenía que estar localizado en las adyacencias de la universidad o centro de estudio de ocasión. He ahí el primer requisito sine qua non que todo bar de estudiante debía poseer. Otro de los requerimientos (y no menos importante) era el precio de la cerveza. En el estudiantado siempre ha existido una suerte de código binario secreto que le ha permitido “oler” dónde la cerveza está más barata. Se trata de un misterio irresoluble el origen del radar ubicuo que posee el estudiante para dar con cervezas solidarias con su precario bolsillo.

 

Todo lo demás que no fueran la ubicación geográfica y los precios se consideraba un lujo. Así, el local que ofreciera “tapas” gratis o pusiera salsa cabilla para bailar después de las 10 de la noche era considerado como un auténtico “cisne negro” por las huestes estudiantiles.

 

En mi época de estudiante de la UCV tuve la fortuna de hacer vida extracurricular en varias de esas raras avis desplegadas a lo largo del bulevar de Sabana Grande. Una de las más completas, según el baremo estudiantil, fue sin dudas el O Gran Sol. Ubicado en una de las transversales que bajan del bulevar a la avenida Casanova, el “Ogran” como le decíamos los habitués, llegó incluso a convertirse en la “oficina” de varios grupos políticos de la universidad.

 

El bar era inmenso y albergaba varios ambientes. El primero, el que le daba la bienvenida a los clientes, parecía el interior de un galeón español. La madera era el elemento predominante en la decoración. Parecía un set de una película de piratas. Un permanente hedor a cerveza rancia y una nuvecilla azul cobalto  producto de los cientos de miles de cigarrillos consumidos en el local también formaban parte de la llamativa decoración. A mano derecha se abría una larga y pegostosa barra donde unos adormilados barmans destapaban tercios y picaban raciones de tortillas que parecían tener siglos en la bandeja.

 

Pero el O Gran Sol también era restaurante y para ello, a mano izquierda, disponía de varias mesas en las cuales jamás vi servir un plato de comida. Esa zona más bien era el lugar preferido de los bandos en pugna de la UCV para dirimir sus reconciliables diferencias futuras.

 

Sin embargo, lo que en realidad exaltaría al O Gran Sol al Salón de la Fama del Bar de Estudiante era su segundo piso. Sí, leyó bien, un segundo piso que otrora funcionara como depósito y que luego sería transformado nada más y nada menos  que en ¡discoteca!

 

En aquella mítica segunda planta vi los mejores grupos de salsa underground de Caracas, bandas de rock alternativas y hasta un espectáculo de burlesque. Eran principios de los 90 y ni siquiera intuíamos lo que se nos avecinaba. Tampoco al O Gran Sol; que un buen día, al despuntar el nuevo milenio, ardió en llamas producto de un cortocircuito.