Opinión

No hay cuenta que dé

24 agosto, 2018 | 12:00 am

El pasado viernes seguí con mucha atención la alocución presidencial. Siempre que puedo lo hago porque nada permite forjarse una mejor apreciación sobre anuncios relevantes que observar al portavoz en vivo y directo.

En otro momento la puesta en vigencia del nuevo cono monetario, el aumento al 16% del IVA, el anticipo de pagos del ISLR, la doble contabilidad, el incremento de la gasolina y la manera de acceder al subsidio, la paridad cambiaria única y flexible anclada al petro, la multiplicación de las subastas Dicom, hubiesen generado infinidad de comentarios y mucha angustia por no afirmar disgusto, pero para la gran mayoría lo que sobresalió fue el ajuste del salario mínimo decretado: 180 millones de bolívares fuertes de ayer, 1.800 de bolívares soberanos de hoy, medio petro que es medio barril del petróleo aunque se encuentre a veinte mil pies de profundidad.

Trabajo hace muchos años en el sector privado; allí aprendí como hay que esforzarse para garantizar el pago de salarios de mis compañeros de labor, cancelar servicios, proveedores y arrendamientos, mantener infraestructuras y equipos, actualizar tecnologías, realizar nuevas inversiones. Cada bolívar hay que sudarlo y cada centavo cuenta.

Eficiencia en el gasto, mirada puesta en los microcostos, maximizar la calidad y satisfacer al cliente, sean internos o externos, son premisas de la gestión diaria que en los últimos tiempos el entorno ha hecho muy difícil alcanzar.

No esperamos a fin de mes el dozavo de un situado ni un crédito adicional, no aguardamos porque desde el ministerio, la gobernación o la alcaldía nos “pichen” un poco más para cumplir con nuestras obligaciones. Hasta el último céntimo es necesario producirlo.

Como nosotros, a pesar de lo pasado, todavía hay centenares; es cierto que son incontables las iniciativas privadas que han cerrado o han pasado a manos del Estado, pero aun quedamos sobrevivientes. Centenares que acobijamos a miles y prestamos servicios a millones, centenares que significamos algo de ese PIB que según el FMI en el 2018 caerá 18% lo que no será por los nuestros.

Mientras unos se frotaban las manos con gusto por el anunciado ajuste salarial, otros le daban a la lengua criticándolo, centenares que el 30 de agosto tenemos que honrar nóminas, nos sentamos a echar números, a sacar cuentas, a construir escenarios los más estudiados. Los resultados son aterradores.

No hay cuenta que dé y la perspectiva es tan dramática que en propiedad es obligante advertir que lo que se padece actualmente es nada con lo que está por llegar.

¿Cómo explicar y que se entienda el demoledor efecto que sobre el sector privado tendrá el aumento salarial de 3.600% si le sumamos al anterior salario mínimo la cesta ticket? Un empresario de televisión con quien atendí una reunión, el sábado, cuando le preguntaron sobre esto afirmó: “imagínese que usted tiene un puesto de empanadas y cuenta con un ayudante y el gobierno le obliga a contratar y pagar treinta y seis ayudantes más para producir las mismas empanadas. Así será”