Opinión

Me dijo Alfonzo

9 marzo, 2018 | 12:00 am

El terrenito de los Valles del Tuy que Alfonzo heredara de su padre es muy fértil. Basta lanzar una semilla en la tierra para que estalle en hojas, tallos, flores y frutos; y a pesar de que Alfonzo lo trabaja solo en sus horas perdidas, ya que su labor principal está en Caracas, le paga muy bien todos sus esfuerzos. Allí están los mangos desbordados de la mata, a pesar de las pedradas de los hijos del vecino. Allí están los aguacates, en su punto para abrirse en dos, como si fueran manos en plegaria. Allí están las guayabas, impregnando con su aroma todo el terreno que las abejas bulliciosas recorren. Además, están las parchitas, ya que primero salieron sus increíbles flores para anunciar el nacimiento y después, llegaron ellas, cargadas de sabor, como si las hubieran recogido de los panales del cielo. Algunas veces hay también cebollas, tanto las blancas como las rojas y, de vez en cuando, los ajíes ofrecen su voluptuoso aroma.

El sábado pasado, Alfonzo me dijo una frase que me conmocionó, porque condensa la realidad venezolana. En efecto, al preguntarle, después del último hurto del que fuera víctima y en el cual se llevaron hasta las colchonetas viejas y gastadas que les servían al cuidador para dormir la siesta, si continuaría sembrando, a pesar de las pérdidas constantes, consecuencia de las incursiones en su terreno de los grupos delincuenciales de la zona, me respondió: “No me queda otro camino: si dejo el terreno sin cultivar me lo invaden, y tienen para ello hasta la ley de su parte, porque se dirá que han entrado en tierras ociosas. Si, por el contrario, lo siembro y lo cuido vendrán por los frutos de inmediato. No hay salida: o me lo invaden o se llevan el resultado de mis esfuerzos. Además, intentar venderlo es inútil porque todos saben que en esta zona la delincuencia es incontenible. No hay quien le haga frente, y por eso, cada pasaje que hacen por el terreno es para llevarse lo que encuentran. Al principio fueron las semillas que tenía para sembrar; instrumentos de labranza; las instalaciones de agua; los insecticidas. Arrasaron con todo. Estaba claro que se trataba de la pandilla que está a pocos pasos del terreno, integrada por vagos sin oficio, pero invisibles para las autoridades policiales o penales. No cabe entonces sino ignorarlos. Lo malo es que destruyen no solo las cosas, sino mi sueño permanente de ver los campos productivos”.

Ante las palabras de Alfonzo no tengo consejo alguno, porque la escogencia es muy clara: o dejamos la tierra sin cultivar para que sea invadida y construidos en ella ranchos representativos del tercermundismo; de la ignorancia, del desaseo; de la pobreza; o sembramos sin futuro, solo por sembrar.

Es indudable que ignorar esta situación real es alimentar en cierta forma la delincuencia. Pero permanecer de brazos cruzados ante el hambre, que solo se sacia con las cosas que pueden producirse en ese terrenito o así como en todos los terrenos no cultivados de Venezuela, es también negativo.

El problema de Alfonzo es un poco el problema de nuestro país: Sí se puede trabajar para producir; pero seguramente esa producción irá a un destino marcado por el abuso, la violencia y el odio social. Solo un vuelco del sistema puede permitir que los campos produzcan; que las cosechas se distribuyan, que el trabajador de la tierra sea compensado de todos sus esfuerzos y que ello implique el cierre del agujero que está frente a toda producción nacional, que no es otro que la arrasadora competencia de la importación extranjera, con productos más perfeccionados, fabricado a un costo menor y, en consecuencia, rivales vencedores por siempre de la pequeña cosecha del trabajador de la tierra.