Opinión

“Lo que hemos aprendido”

25 mayo, 2018 | 12:00 am

Se trata de recoger y expresar las reglas aplicables en momentos como los que soportamos en la actualidad.

Aunque la enseñanza sea negativa o algo más que eso, que sea perversa, debemos aplicarla, siempre y cuando no esté destinada a acentuar nuestras carencias y, a constituir una enseñanza ideológica-política sembrada en forma obligatoria. En efecto, nuestro espíritu y nuestra mente no pueden estar vacíos día tras día, año tras año como si estuviésemos afectados de un Alzheimer conceptual insanable.

El problema de una sociedad seriamente deteriorada como es el caso de la nuestra, se acentúa ante el hecho de las enseñanzas que recibimos, con cada apertura de una nueva etapa y que debemos aplicar como forma de subsistencia.

La primera regla es la de aprender a aceptar nuestros infortunios sin buscar los culpables de su producción. La razón de esta manera de actuar, es que quejas y reclamaciones solo servirán para volvernos cada vez más áridos a nosotros mismos y más resentidos, porque nadie está dispuesto a oírlas y, menos aún, a atenderlas.

La segunda enseñanza ha sido la de descubrir que los medios de comunicación social en su gran mayoría son falsos y engañosos ya que, normalmente, reciben dádivas de los poderosos o bien, amenazas de tal naturaleza que les hace cambiar de estilo y de contenido.

La otra regla es la relativa a la terrible soledad que va a dominar a quienes se opongan a los abruptos cambios que se proponen en un Estado en decadencia, como es el nuestro. No se trata de una simple sensación de falta de compañía, sino de haber sido lanzados a ambientes hostiles donde se ha perdido el sentido de la amistad.

Indudablemente que el arma única que podemos utilizar para sobrevivir física y moralmente es la adaptación a los cambios. A medida que nos van imponiendo limitaciones, debemos modificar nuestros hábitos sin intentar regresos al pasado. El proceso de adaptación nos va a hacer más recios y más capaces de resistir los efectos nefastos, hasta que podamos pisar un terreno que sea cónsono con la sociedad y al Estado que habíamos imaginado.

Lo más importante de nuestra actuación ha de ser que no sea notoria, que haga aportes cuya proveniencia no pueda ser determinada, aun cuando lo que sí debe quedar grabado, es nuestra posición moral ante los temas fundamentales.

Muchos connacionales de todas las edades, de todos los ámbitos profesionales, de todas las condiciones económicas han decidido convertirse en migrantes, es decir, sujetos que van a otras tierras, a otros países para radicarse en ellos y forjar una nueva vida. El problema de este tipo de “refugiados” es que no podrán cargar con sus cuadros familiares, sino que tendrán que abrirse paso sin apoyo alguno ni material ni afectivo, lo cual es un precio bien alto que se ha de pagar a la vida. El problema es que no hay en realidad una escogencia, sino que las necesidades apremiantes de obtener trabajo, tranquilidad, no ser perseguido, disponer de los recursos necesarios para educación, alimentación y salud, son razones suficientemente poderosas como para justificar nuestra partida. Tenemos que saber que mudarse de un barrio a otro crea resentimientos y problemas de adaptación. Mudarse de un país a otro implica también esos males pero en forma más intensa, a lo cual se une esa vocación de venezolanidad que casi todos tenemos en virtud de la cual, alejarnos del terruño es prescindir de sus paisajes; de sus sabores; de los afectos; del respeto que se tiene de nosotros por lo que hemos sido hasta ahora. Esa renuncia es muy dura y está enmarcada por una frase terrible que es “que mientras más pasa el tiempo fuera del país, más difícil será el regreso”.