Quinto Día Online
23 de Enero del 2017

Cartas del Lector

Las manos del pianista

Las manos del pianista

Escuchar una virtuosa interpretación de cualquier concierto de piano es un verdadero deleite para el corazón y el espíritu. Es una placentera experiencia sensorial en la cual el oído y la vista se extasían, mientras oímos una hermosa melodía y miramos cómo las manos del pianista acarician velozmente cada una de las teclas del instrumento. El lenguaje corporal y la concentración durante su ejecución permiten captar esa conexión interpretativa que existe entre el músico y la partitura, mientras que la destreza y maestría con la que cada dedo y cada pie percuten cada una de las notas del pentagrama, permite ir descifrando, de a poco, el tema principal, matices y cada uno de los pasajes de aquella obra musical.

 

Sencillamente es algo excepcional descubrir cómo los pianistas pueden lograr una individualidad tan virtuosa de cada extremidad de su cuerpo, puesto que en el piano -al igual que los demás instrumentos musicales- cada uno de los dedos de las manos ocupa una posición diferente para poder sonar un acorde o una simple nota musical, mientras que los pies pueden estar tocando otra cosa.  Esta es una habilidad adquirida gracias al esfuerzo particular y la práctica constante de técnicas y ejercicios que permiten desarrollar la memoria muscular de cada extremidad del músico. Como dice un sabio refrán, “la práctica hace al maestro”, sin dejar de lado los talentos y dones propios de cada individuo.

 

Analizar las manos del pianista como una metáfora de la realidad contemporánea nos brinda una ventana de esperanza para reconstruir nuestra fracturada sociedad, en virtud de que para el pianista no existe dedo -por gordo, flaco o corto que sea- que posea mayor o menor importancia que los demás. Para él, cada una de sus extremidades representa un componente indispensable e insustituible que junto a los demás le permiten ejecutar las sinfonías más hermosas. En nuestro caso particular, deberíamos hacer lo mismo: dejar de concentrarnos en las diferencias ideológicas que nos han colocado en dos polos diametralmente opuestos y reconocer que cada uno, con sus valores y creencias, es valioso e insustituible.

 

Por otro lado, es necesario comprender que todos tenemos capacidades y aptitudes individuales que nos hacen diferentes a los demás y que por lo tanto, no podemos pensar y actuar de la misma manera. No obstante, si fijamos objetivos de progreso y tratamos de centrarnos en trabajar juntos por nuestro país, podemos, al igual que las manos del pianista, en medio de nuestras particularidades y nuestros desacuerdos, tocar la sinfonía del respeto, la tolerancia y la prosperidad. Necesario es poner nuestros talentos a disposición de la reconstrucción de la patria, madre de un hermoso pueblo, alegre, fuerte y trabajador.

 

A fin de cuentas, tal como lo inmortalizó el reconocido comediante Jorge Tuero: “Los gobiernos pasan, pero el hambre queda”. Así que nuestro principal objetivo como partes individuales e insustituibles de las manos del pianista creador, no debe ser el de discriminarnos por nuestras ideologías políticas. Más bien debemos enfocarnos en trabajar juntos para lograr el bien común, ya que, a fin de cuentas, nadie es dueño de la verdad absoluta y la experiencia nos ha demostrado que de la abundancia del corazón habla la boca. Así, el que dice aborrecer el dinero, lo codicia con ardoroso frenesí. Tal como le sucedió a aquel famoso político que prometió acabar con la burocracia y los gastos suntuarios del Estado, cuando en realidad creó más ministerios y mantuvo una vida de excesos esnobistas, al grado de ser comparado con un aristócrata real.

 

Para finalizar, cito al poeta libanés Khalil Gibran: “Permaneced juntos, más no demasiado juntos, porque los pilares sostienen el templo, pero están separados”.

 

Dios bendiga a Venezuela.

 

 

Ambrosio José Rodríguez Perozo.

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