Opinión

La segunda “eme”: miseria

29 junio, 2018 | 8:40 am

El Índice de Miseria Mundial, presentado por el Instituto Cato, ubicó al cierre de 2017, por cuarto año consecutivo, a Venezuela a la cabeza de los países de mayor miseria; Misery Index de Bloomberg le otorgó igual posición.

El ranking de Cato se basa en la suma de tres variables económicas: la tasa de inflación, la de desempleo y las de interés menos el cambio porcentual en el Producto Interno Bruto per cápita; el de Bloomberg se basa en el concepto de que la baja inflación y el desempleo son claves en la calificación de cualquier economía.

Con una tasa de inflación estimada por el FMI para el 2018 en 13.000%; el desempleo abierto aumentando desde el 9% del 2017, equivalente a un millón 177 mil 852 personas según Demetrio Marotta de Encovi y el empleo informal trepando; una caída del PIB que va desde el 5% de la CEPAL hasta el 15% ciento del FMI, cualquier estudiante universitario de primer semestre puede pronosticar que al concluir el año Venezuela será calificada por quinta ocasión consecutiva como la nación de mayor miseria en el planeta. Si habláramos de futbol nos encaminamos a igualar a Brasil que por 5 veces se tituló campeón del mundo solo que en nuestro caso es dudoso el honor de alcanzar 5 veces el logro del país con la mayor miseria. Lo más triste es que a la par nuestros vecinos —Colombia, Brasil, Ecuador, Perú, Chile— muestran significativas mejoras en su desempeño económico y social.

El fin de semana pasado lo dediqué, como muchos otros, a visitar comunidades de Monagas. Fui a Caicara de Maturín, Aguasay, Santa Bárbara y La Pica: en estos pueblos no se necesita de Cato, Bloomberg, FMI o Encovi para palpar la miseria.

Cada abrazo a un amigo te marca por lo flaco que está, “es la dieta de Maduro” repiten una y otra vez. No hay conversación que gire en tema distinto al de los precios o en el salario que para nada alcanza: “ni para un pollo da la quincena” proclaman al unísono un grupo de enfermeras que se acercaron a explicarme cuan desprovisto está el centro de salud para luego agregar, enseñando las batas que hace tiempo dejaron de ser blancas, “no crea que nos volvimos cochinas lo que pasa es que ahora lavamos con Para Para porque no podemos comprar jabón”, o al de los muchachos que se han ido, “lloro todas las noches cuando me acuesto sin poder darle la bendición a mi hijo que se fue a Perú” se queja una madre antes de interrumpirla la vecina que comenta “la mía está en Ecuador pero yo me quedé con los nieticos que no se los pudo llevar”.

Que no llega el agua, ni el aseo urbano, que la electricidad se va por días, que las calles están llenas de huecos y se transportan en perreras, que se medican “con monte” porque no se encuentran los medicamentos y “si se haya con que lo compramos mijito”, que “hasta las urnas del cementerio se las están robando”, son solo menciones en una larga lista de penurias que muestran la miseria de la gran mayoría de los venezolanos más allá de cualquier índice.

Llueve cuando regreso a casa el domingo en la noche. A orillas de la avenida oscura por donde transito veo a hombres y mujeres que se refugian bajo cartones unos, bajo paraguas otros, algunos pegados de la pared del banco frente al cual velan. Sé la respuesta pero igual me bajo a preguntar que hacen allí: “esperando ser los primeros mañana cuando abran para sacar efectivo” me dice un conocido.

Sobrado lideraremos el próximo índice de miseria.