Opinión

La destrucción de todo

21 septiembre, 2018 | 12:00 am

De madrugada dejo atrás una ciudad que hace poco sufrió por 40 días sin agua. Cae una ligera llovizna y en las calles sin iluminación se agolpan decenas en espera de una “perrera” que les transporte.

Veo las colas habituales: la del llenadero de gas por comprar una bombona que evite cocinar en leña, la de los Bancos aguardando por algo de efectivo, la de los supermercados en procura de lo que “haiga”. Basura por doquier en la que alguna vez se llamó “ciudad distinta”. De salida paso frente al Hospital Núñez Tovar sumergido en mil problemas que lo mantienen casi en “cierre técnico”.

En la Maturín-límite de Anzoátegui se multiplican los huecos y el monte crece, nada de los antiguos tramaviales, grúas y ambulancias que el pago del peaje garantizaba. Las sabanas que exhibían pivotes y apretujados sembradíos de maíz y sorgo, solo muestran maleza, poco ganado y en las fincas que se ufanaban de producir miles de pollos por cosecha los galpones están vacíos.

Barcelona-Piritu-Clarines-Uchire-Limite de Miranda nada cambia, otra vez sabanas desnudas y más huecos. Dejamos a un lado al complejo refinador de oriente y un amigo que me acompaña, botado de Pdvsa en el 2002, apunta el desastre en que devino nuestra empresa bandera. “Cuando yo trabajaba —afirma— éramos 15 mil y se llegó a producir 3 millones y medio de barriles diarios, ahora son diez veces más y no se llega ni a un tercio”.

Parada obligada en el Guapetón y en la arepera de siempre observamos algo distinto: está a reventar pero pocos compran. En las mesas se consume de la vianda que cada quien carga. “Danos tres con leche, por favor” pedimos nosotros. “Son 120 soberanos” masculla la de la caja mientras una bandada de niños —que deberían estar en su primer día de clases— piden algo para comer. “40 soberanos un café con leche”, exclama una señora detrás, “hasta donde vamos a llegar”.

Rumbo a Rio Chico nos ataja una tranca: “¿Será un accidente?”. Mujeres y hombres que pasan corriendo cargados de paquetes de harina nos dan la respuesta: saquean un camión. Tras la llegada de la GNB avanzamos. Entrando al pueblo, otra parada; ahora es una protesta porque no llega el CLAP.

Atravesamos Caracas rápidamente que ni colas hay: “¿Cómo va a haber? —dice — el chofer si al que se le daña el carro, daña ‘o se le queda”.

En la Regional del Centro recuerdo cuando demarcada y bien señalizada, con ojos de gatos a todo lo largo, como si fuera grama al medio y al costado, patrullas recorriéndola competía con cualquier autopista de Florida.

Pasamos el peaje de Guacara sin pagar porque el empeño del gobernador Lacava de cobrar se estrella contra la falta de efectivo y la caída de la señal en los puntos de venta cuando frente a nosotros da vuelta en U un autobús amarillo con distintivos de School Bus y la señal de Stop. “A dios caraj —se agita el chofer— y ese bicho de donde salió, casi me siento en Miami” y entonces me pregunta ‘bueno doctor, no y que estamos en guerra con el imperio, como llegó eso hasta aquí”. “No lo sé —respondí— pero la única guerra que enfrentamos es la que libran los que están empeñados en la destrucción de todo”.

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