Opinión

Éxodo

2 marzo, 2018 | 12:00 am

El éxodo de nuestros connacionales es un hecho real que nadie discute, porque más allá de las cifras, o lo que reflejan los medios, toca ya a cada familia. Consultores 21, en informe reciente, señala que son unos 4 millones los que se han marchado, a un promedio de dos por familia. No hay registros ni cifras oficiales, pero lo cierto es que son oleadas crecientes las que abarrotan las fronteras, en búsqueda de oportunidades que aquí no consiguen y/o hastiados de la dramática situación.
Los llamados
“balseros del aire”, que algún tiempo atrás escapaban a Estados Unidos y Europa, han sido rebasados largamente por los que buscan salida en autobús, en frágiles embarcaciones e incluso a pie rumbo a Colombia, Ecuador, Perú, Argentina, Chile, Brasil, Aruba, Curazao, Trinidad y hasta Guyana.
Se van fundamentalmente los jóvenes. Más de la mitad, según el informe citado. Y si bien muchos de ellos son profesionales, también se van los que no lo son. Cada vez más emigran solos cabezas de familia; se van los padres o las madres -que tantas son padres-, dejando a los hijos atrás. Parten con la esperanza de conseguir un trabajo estable para después de acomodarse, mandar a buscar a los suyos; conformándose algunos con enviar unos pocos dólares a los que quedan en casa. Una periodista que me entrevista, me cuenta que en días viajará por tierra a Manaos y de allí volará a Puerto Iguazú, en la frontera con Argentina, de donde seguirá -otra vez por carretera- hasta Buenos Aires, donde tiene unos primos. Serán horas interminables hasta llegar a un destino incierto. “Nunca pensé en irme de Venezuela”, me confía. “Pero lo que más me duele –agrega- es que dejo a mis dos niñas”. La miro a los ojos y trato de desanimarla. “Tienes trabajo” le menciono, a lo que responde “no me alcanza para nada”. Fíjese que en las últimas ocasiones, cuando pagan la quincena en el periódico, todos nos ponemos de mal humor, al darnos cuenta que no es suficiente ni para comprar un pollo”. Insisto: “¿Y tus hijas?”. Me conmueve cuando a baja voz afirma: “Usted no sabe lo que se siente cuando una niña de 3 años te dice ‘mamá, tengo hambre’ y uno no tiene qué darle”.
Nada es seguro para los que parten. En las playas de Koraal Tabak, Curazao, quedaron varios muchachos que murieron, al naufragar el peñero que les llevaba desde las costas falconianas; en un precipicio de la carretera panamericana, a centenares de kilómetros de Lima, fallecieron otros tras volcarse un autobús de la línea Rey Latino, que hace el largo recorrido hacia el sur del continente.
Muchos duermen en plazas y parques, pasan días sin poder ducharse; abarrotan refugios; hacen largas colas por un plato de sopa; aceptan cualquier labor con tal de ganar un poco de dinero que le permita sobrevivir. Gastan poquísimo, procurando ahorrar, pensando en el hogar que de noche recuerdan con nostalgia. Hacen de tripas corazón, colgando imágenes bellísimas en las redes para no angustiar a los que se quedaron.
4 millones que se han ido es una cifra espeluznante, pero puede ser peor: mi buen amigo Jesús Seguías, de Datincorp, en otro trabajo sobre la emigración venezolana concluyó que el 57% de la población quiere salir del país, lo que vale decir unas 16 millones de personas.
¿Cuándo se detendrá este éxodo terrible?

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