Opinión

“Entre Naiguatá y Los Caracas”

8 junio, 2018 | 12:00 am

Venezuela, es un país para el turismo y lo es porque tiene cosas hermosas que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo y que, necesariamente, van a atraer a los eternos viajeros que están a la búsqueda de nuevas fuentes de placer estético, en sus paisajes y lugares vinculados con sus sitios emblemáticos.

Pues bien, hay algo que nos molesta profundamente cuando nos encontramos con que en el pasado, lugares preciosos fueron designados en una forma burda, grosera, incluso ofensiva. Partimos de la regla de que la belleza de los sitios debe ser honrada también con el apropiado nombre que se les otorgue. Recuerdo con tristeza que en Cumaná, una calle vinculada con acontecimientos históricos y culturales, se denominaba “Perro Seco”, lo cual inhibe en cualquiera su deseo de conocerla.

Yendo al Litoral de Vargas, donde se nos ofrecen las playas esplendorosas, hay una ruta que va de Naiguatá hasta Los Caracas, arreglada en forma tal que puede ser seguida también a pie, en bicicleta o motocicleta por los deportistas. Esa ruta aludida está conformada por una sucesión de hermosísimas playas las cuales recuerdan procesos telúricos anteriores, que hicieron surgir unas rocas fantásticas, algunas de las cuales se acercan a la orilla y otras se alejan de ella. El mar salpica con la fuerza de sus olas a esos monumentos naturales y la espuma se desgrana en grandes cascadas sobre ellos. No basta con mirar de paso todo esto, sino uno lo que desea es descender hasta la playa para admirar la belleza de cada una de las conformaciones que la naturaleza nos ofrece. En esta zona litoralense hay un proceso geológico que, pareciera poco estudiado, pero que resulta evidente y, es la existencia de corrientes que vienen desde Los Caracas y que han ido alejando paso a paso al mar de la costa, por lo cual, con el paso del tiempo serán muchas más las nuevas conformaciones que se nos ofrecerán y, asimismo, se nos permitirá acercarnos a las grandes rocas negras que nos recuerdan movimientos de una gran intensidad telúrica, ocurrida en milenios anteriores.

El problema está en la acción desacertada de algunos que, de una sola pincelada, han tratado de destruir el efecto extraordinario de la existencia de estas playas, poniéndoles a la primera de todas, que es la privilegiada de la zona, un nombre ridículo. Desde el principio nos molestó la presencia del nombre, considerando que no había razón alguna para denominar un lugar espectacular, con el nombre de una pieza interior del vestuario femenino. No se trata de una ocurrencia divertida de los pobladores o usuarios, sino del peor de los gustos, ya que incluso, actualmente, tratando de enmendar el nombre original, lo han hecho más desagradable aún, ya que ha sido modificado con un término, medio anglosajón, medio venezolano, que es definitivamente ridículo. No puede llamarse a una playa tan significativa para el turismo venezolano con el nombre de “Playa Panti” o con el de su acepción originaria. Es necesario darle un nombre evocador, bien sea, por el uso del lenguaje indígena de la zona, o bien, por un intento de descripción de la misma, para que el visitante o el viajero tenga una guía certera del lugar excepcional que le espera.

Vamos a cambiarle el nombre a esa playa, así como a cualquiera otra que, sin criterio estético haya sido designada con un término de mal gusto, como lo fuera el caso aludido y, sustituirlo por algo que nos recuerde el significado histórico de la zona, su valor geográfico o, simplemente, la forma cariñosa con la cual los habitantes cercanos la identificaron.