País

Domingo Alberto, el irreverente

28 septiembre, 2012 | 9:58 am

Ø Cómo fue que conoció a Alfonso Cano, jefe de la FARC. “Fue en La Guaira, hace muchos años –me dijo-. Él era muy joven aún. Era un hombre reflexivo, intelectual”

 

– Mira tú que sabes de ese tema. ¿Qué te parece el nombramiento del ministro de la Defensa?

– Hola Domingo, pues creo que es parte de …

Se repite la historia. Repica el teléfono. Ni un saludo, solo una pregunta:

– ¿Qué sabes tú de esos hombres que mataron en la frontera? ¿Me dijeron que son paracos.

– Hola Domingo, pues sí, al parecer pertenecen al grupo de …

Siempre era lo mismo. Estaba ansioso por conocer opiniones o tener datos. Cuando conocí a Domingo Alberto Rangel Bourgoin, ya era una leyenda. Me causaba curiosidad aquel hombre, nacido en la Calle Real,  al comienzo del  camino hacia El Llano  de los  Higuerones,  en la Tovar (Mérida) del 17 de mayo de 1923. Vivía rodeado de cosas que recordaban los principios del siglo pasado. Escribía con sus dedos lerdos saltando sobre las teclas de dos antiguas máquinas de escribir, en un saloncito de viejos muebles que daba hacia un patio con un árbol de granadas, que a veces estaba floreado y con los frutos guindando lánguidamente.

Apenas podía caminar. “Estas piernas no quieren obedecer”, me dijo resignado. Y cuando le argumento que lo que parece intacto es su cerebro ágil y lúcido, responde con ese dejo de ironía que nunca lo abandona: “hubiese sido mejor tener Alzheimer y no Párkinson”. ‘Estás loco – le digo- yo creo que es horrible perder los recuerdos’. “¿Para quién? Sufre la familia, pero no el enfermo”.

Era extraño verlo escribir con tal habilidad en sus manos, cuando ya su cuerpo parecía incontrolable. Sacaba una tras otra las llamadas cuartillas que los viejos periodistas de principios del siglo XX usaban; eran retazos de papel amarillento de la que imprenta usa para los periódicos, cortadas más o menos con el tamaño de las hojas de carta.

Domingo Alberto amaba a su Tovar natal, porque no nació en cualquier hogar, sino en uno donde la ilustración y la intelectualidad eran fundamentales. Su padre José Ramón Rangel Molina, era tovareño  y doctor  en ciencias políticas. Su madre,  Leticia Bourgoin, fue merideña con ascendencia francesa.

Me encantaba su irreverencia. ‘Uy Domingo, pero tú si eres duro contra Aristóbulo y Diosdado’, le censuraba ante algunos de sus escritos. “Es que a veces, Sebastiana, uno tiene que decir las cosas porque todos tenemos algo de cabrón y eso hay que disimularlo”.

Iba muchas veces a hablar con él, aunque reconozco que en el último año, y por cuestiones de trabajo, las visitas se distanciaron. Un día le pregunté cómo fue que llegó a ser de los fundadores de Acción Democrática. Y entendí que fue por su admiración a Rómulo Betancourt, aquel que se declaró comunista, aquel que era excelente orador. “Yo era un muchacho apenas cuando Rómulo llegó a la Universidad de Los Andes y en un discurso dijo lo que los jóvenes de aquella generación queríamos oír. Al otro día todos nos declarábamos romuleros”.

Me cuenta que estando en el exilio notó el cambio ideológico en Betancourt. “Abandonó la izquierda para congraciarse con los Estados Unidos, quizás porque entendió que sin la bendición de los gringos nunca llegaría a tener poder real en Venezuela”. Domingo, por el contrario, tuvo una posición muy clara frente  al papel  de los Estados Unidos en América Latina; esa quizás es la razón más valedera de por qué debió separarse de AD, por qué simpatiza con la lucha armada en la guerrilla de los años 60, y simpatiza con el  régimen de “los barbudos” como le decía al grupo de Fidel Castro.

Domingo Alberto fue diputado por AD en 1959, pero al año se separó de la tolda blanca y junto a otros destacados jóvenes dirigentes, fundaron el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

Hay coincidencia en quienes lo conocieron de muchacho en que Domingo era mejor orador, incluso que Betancourt,  Raúl Leoni, Rómulo Gallegos y Luis Beltrán Prieto Figueroa.

Su identificación con todo lo que fuera insurrección y rebeldía, era inevitable. Cuando murió Marulanda, el jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), me dijo que lo admiraba, porque ese hombre había logrado ser coherente con su lucha por toda la vida. Y contó que ser guerrillero, al estilo de Marulanda, “eso sí era jod…”, no como muchos que se declararon guerrilleros para vivir con comodidades.

También me contó cómo fue que conoció a Alfonso Cano, quien luego llegaría a ser jefe de la FARC, y más tarde moriría en combate en manos del Ejército colombiano. “Fue en La Guaira, hace muchos años –me dijo-. En un evento que había allí. Él era muy joven aún. Era un hombre reflexivo, intelectual”.

 

Su Tovar de niño

No es casual que surgiera de Tovar un hombre como Domingo Alberto. Porque no era ese sólo un pintoresco pueblito andino, sino un importante centro  agro comercial, donde semanalmente salían periódicos con participación de su papá. El arte, el teatro se conjugaban con un movimiento económico de importancia para la región, gracias a la gran empresa exportadora de café  Casa  Burguera. Domingo incluso participó en una obra de teatro, en el Circo Olimpia, junto a dos destacadas figuras de la intelectualidad venezolana: los tovareños Rafael  Gallegos Ortiz y Erwin Burguera  Cordero.

Domingo Alberto sale de Mérida hacia Caracas para entrar a la Universidad Central, donde obtiene el doctorado en Ciencias Políticas, destacando su tesis sobre las  relaciones con Estados Unidos.

No sería coincidencia que Domingo se hiciera economista, porque cuando era apenas un niño conoció al reconocido economista  Alberto Adriani, que era de Zea, una población cercana a Tovar; Adriani llegó a  ser la  figura civil  más importante de Venezuela  al principio del post gomecismo.

Estuvo preso en el Cuartel San Carlos junto a figuras políticas como Pompeyo Márquez.

Domingo Alberto escribió más de 60 libros. Siempre salía con alguna obra nueva. Lo visitaban personas de variada ideología, países y tendencias.

 

Político y docente

Es uno de los más destacados dirigentes políticos, junto a la generación del 45, defendiendo sin vacilaciones al régimen que  suplantó al Presidente  Isaías Medina Angarita. Si algo queda entre las hazañas de Domingo Alberto es cuando en marzo  de 1946, se destaca con un discurso muy acertado, bien enfocado y pronunciado, en su primer mitín adeco en la Plaza Baralt de Maracaibo.

Esos fueron sus primeros pasos como destacado orador, lo que consolidó en sus intervenciones en la Asamblea  Nacional Constituyente (1946- 1947), cuando se pronuncia por en los debates sobre la libertad religiosa y la propiedad privada.

Era profesor en la ULA cuando en las elecciones de  1948  resulta elegido diputado por Mérida, etapa muy corta porque el 24 de noviembre es   derrocado Rómulo Gallegos.  Domingo Alberto debió irse al exilio en Colombia  y Bolivia, donde trabajó como profesor universitario y periodista. Me contó que ahí conoció gente que luego haría historia en Colombia, entre ellos dirigentes del M-19.

Ya caído Pérez Jiménez (1959), Domingo regresa a Venezuela en 1961, vuelve a las aulas universitarias en la UCV, específicamente cátedras como Historia de la Economía venezolana y Política  Cambiaria.

En 1975 propuso el voto nulo y nunca volvió a creer en elecciones. Hasta el último día de vida escribió para varios medios del país. Un día me confesó que el artículo que escribía con más cuidado era el de Quinto Día. “Es que los lectores del semanario son exigentes”.

Una travesura que le jugó el corazón se llevó a Domingo Alberto, el sábado pasado en la madrugada, hasta el mundo de las flores amarillas, donde no hay dolor, donde no hay envidias, donde no hay egoísmo. Este hombre controversial ha muerto, pero aunque algunos lo odiaran y otros lo amaran, fue un ser excepcional con la más hermosa de las virtudes: la honestidad a toda prueba.