Opinión

¿Dialogamos o nos pateamos?

15 junio, 2018 | 12:00 am

Hay diferencias que los seres humanos no pueden resolver sino con los pies, como por ejemplo las futbolísticas. Por estos días y durante todo un mes, estaremos viendo cómo treinta y dos países de todo el orbe resuelven a patadas sus contradicciones deportivas. Durante cuatro semanas y pico, cientos de atletas lanzarán miles de puntapiés en los engramados rusos, cada uno con el objetivo de imponerle a los adversarios su respectiva camiseta, vale decir su bandera.

La retahíla de patadas mundialistas que, como siempre, capitaliza la atención de millones y millones de espectadores en los cinco continentes, no es una sampablera sin concierto. La pateadera tiene sus reglas, sus códigos de ética deportiva, su fair play, que es como llaman en inglés al juego limpio. Y por si fuera poco, tiene sus mediadores, que en este caso son los árbitros, ahora apoyados con novedosos y precisos elementos tecnológicos para garantizar justicia en las jugadas de dudosa o polémica apreciación.

Pero aparte del fútbol, del patinaje, las caminatas, los maratones y algunas otras competencias en las que las protagonistas son las extremidades inferiores, la inmensa mayoría de las controversias entre seres humanos requieren ser procesadas y evacuadas por la vía del diálogo, de la negociación, del acuerdo.

Es precisamente el diálogo pacífico, como expresión de la sociedad civilizada, y no la guerra como expresión de atraso y destrucción, el camino que han encontrado los humanos para identificar sus diferencias y superarlas mediante acuerdos que satisfagan los sentidos intereses de las partes en controversia.

Y, por supuesto, la humanidad encontró que le resulta más conveniente a su propia subsistencia y a la legítima convivencia con el adversario, contar votos en vez de contar muertos y heridos en sus disputas intestinas.
En Venezuela quisimos cambiar al gobierno el 20 de mayo por la vía electoral, pero el abstencionismo nos impuso la reelección de Nicolás Maduro.

En el caso específico de nuestra compleja realidad nacional, la negociación política y el voto son herramientas muy valiosas a las que los venezolanos no tenemos por qué renunciar.

Por supuesto, es necesario garantizar condiciones adecuadas para que ambos instrumentos cumplan con eficacia su cometido y resulten verdaderamente útiles a la superación de la extrema y asfixiante polarización política, así como a la resolución de los gravísimos problemas económicos y sociales que padece la súper empobrecida población nacional, buena parte de la cual se ha visto forzada a emigrar al exterior en busca del sustento familiar.

Si dos enemigos jurados, el norteamericano Donald Trump y el norcoreano Kim Jong-un, pudieron sentarse a dialogar civilizadamente para buscar un acuerdo que garantice la desnuclearización y la paz en la península coreanas, no se justifica bajo ningún concepto que entre el gobierno venezolano y la oposición en sus distintas expresiones, así como los diversos sectores representativos de la sociedad, no se produzcan los encuentros y acuerdos necesarios al interés nacional de superar la crisis.

Está obligado el gobierno a conceder condiciones apropiadas para un diálogo respetuoso, fructífero, con una agenda clara, mediadores imparciales y confiables a las partes y mecanismos seguros de verificación de los potenciales acuerdos. Sin eso no habrá diálogo posible. El oficialismo debe evidenciar una inequívoca voluntad política de llegar a entendimientos en favor del interés nacional y de cumplirlos. Nada bien habla del gobierno su muy reciente y escandalosa violación de los acuerdos suscritos entre los candidatos presidenciales que concurrieron al proceso electoral del 20 de mayo.

Pero darle patadas, bien sea desde el gobierno o desde la oposición, a la idea de un eventual diálogo político y social, es cerrar las puertas a la resolución pacífica de la grave y multidimensional crisis que vive Venezuela.

Dejemos las patadas para el fútbol y, como sociedad civilizada a la que debemos propender, echemos mano a todos los mecanismos que nos permitan salir en paz del calamitoso estado en que se encuentra nuestro país en todos los órdenes.

¿Cuántas rupertas y rupertos humanos tienen que seguir muriendo de hambre y de mengua, al igual que ocurrió con la desnutrida elefanta del zoológico de Caricuao, para que el gobierno introduzca cambios indispensables en su modelo depredador y en sus hambreadoras políticas públicas? Para exigir esos cambios y para reinstitucionalizar el país es que se justifica el diálogo en Venezuela.

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