Opinión

Con votos, sí se puede

9 febrero, 2018 | 12:00 am

Luis Eduardo Martínez Hidalgo

@luisemartinezh

 

 

Escribo estas líneas mientras el “autónomo” Poder Electoral espera por la seña que, desde Santo Domingo o de Miraflores –si el diálogo no diese frutos-,  le den para aprobar el cronograma electoral presidencial. Al margen de lo que decidan, con todas las trampas que seguramente intentarán hacer y, a pesar de la multiplicación de ignorantes, cuyo acervo cultural no sobrepasa los 280 caracteres, que repiten como loros “las dictaduras no salen con votos”, nadie me saca de mis casillas que a los incapaces del gobierno hay que echarlos con votos.

 

A los que afirman que “las dictaduras no salen con votos” recomiendo por lo menos consulten a “Mr. Google” e indaguen sobre la experiencia chilena con Pinochet; la nicaragüense con los Ortega; la peruana con Odría, para mencionar solo unos pocos.

 

En cuanto a Pinochet, recordemos que llegó al poder como resultado de un cruento golpe militar que terminó con la vida del presidente Allende, tras bombardear la aviación el palacio de “La Moneda”, y no porque un montón de buscadores de soluciones mágicas le entregaran sus votos, como por aquí fumea. Gobernó durante 17 años, aplastando cualquiera disidencia; contándose por miles los asesinados, torturados y encarcelados, mientras que centenares de miles se marcharon al extranjero en procura de una nueva vida.

 

Obligado por la Constitución que él mismo moldeó, agotándose el período gubernamental, Pinochet autorizó la celebración de un plebiscito en el cual se decidiría si su mandato se extendía por ocho años más. Tenía todo a su favor: controlaba cada resorte de los poderes públicos, los medios se le subordinaban vergonzosamente, el terror era generalizado y para más, la economía experimentaba un auge inédito. El Tribunal Calificador de Elecciones –equivalente al CNE- era solo de sus partidarios, e inició actividades en un tiempo en que los partidos políticos opositores eran ilegales.

 

Fue duro el debate entre quienes adversaban la dictadura, sobre ir o no en el plebiscito. Pero a pesar de cuestionar su legitimidad, conocer las muchas dificultades que enfrentarían y el grosero ventajismo del gobierno, aceptaron participar. Semanas después, el 5 de octubre de 1988, la oposición ganó sobradamente el plebiscito y meses luego, Pinochet entregó la Presidencia.

 

¿Cómo lo hicieron posible?

 

Primero: férrea unidad. Los opositores a la dictadura se nuclearon en la “Concertación Democrática”, dejando atrás diferencias ideológicas, viejas rencillas, mezquindades. El logo de Concertación fue un arcoíris, que simbolizó la unión de todo el espectro político opositor.

 

Segundo: proyecto país. La Concertación fue capaz de presentar y entusiasmar con un proyecto de país incluyente y de largo plazo, en el cual se incorporó el compromiso de presentar candidato unitario en los siguientes 4 procesos electorales presidenciales, como en efecto fue.

 

Tercero: novedosa campaña electoral.  Bajo los acordes del jingle “Chile, la alegría ya viene” quedó atrás el derrotismo y la desesperanza, generándose la confianza que sí era posible derrotar la dictadura, y miles se lanzaron al activismo para sumar adeptos día a día.

 

Cuarto: la más alta participación en la historia electoral latinoamericana. Salvo en Cuba, donde las elecciones son una farsa, en ningún otro país latinoamericano ha sido mayor la participación que en el plebiscito chileno de 1988: el 97,53 % de los chilenos empadronados votó, la abstención fue de solo 2,47 %.

 

En Chile sí se pudo; ¿por qué no en Venezuela?