Una opinión, Cinco temas

Combinar la presión

1 junio, 2018 | 12:00 am

Combinar la presión
La presión externa sobre la hegemonía roja va muy por delante de la presión interna. Y por esta entiendo la movilización —participación— popular para exigir un cambio de fondo que pasa, inexorablemente, por la apertura de nueva etapa, inspirada en la democracia y legitimada por la voluntad social expresada libremente. No se trata de repetir lo de la “calle, calle, calle”, como un fin en sí mismo, lo cual conduce a la frustración, sino como un medio para alcanzar un fin específico, claramente señalado.
Una combinación de la creciente presión externa con una naciente presión interna puede ser eficaz. ¿Es seguro que ello acontecerá? No, no es seguro. Hay que promoverlo al interior del país. Las condiciones están más que dadas, en lo social, económico y político. Falta acuerpar la suficiente suma de voluntad política.

La molienda
¿Por qué los ensambles opositores han fracasado en cuanto a promover un cambio político real y efectivo? Fracasó la Coordinadora Democrática, fracasó la MUD, y el Frente Amplió nació con visos de fracaso. ¿Por qué? Pues porque parten de una premisa tectónicamente errada: que es posible, probable y factible que ese cambio político de fondo se produzca por la llamada vía electoral, incluso a pesar de “algunos pesares” como el ventajismo y el fraude. Cierto que en algunos comicios se han obtenido resultados contrarios a los intereses de la hegemonía, y hasta muy contrarios como los de las elecciones legislativas del 2015.
Pero esos resultados fueron aplastados por las malas y las peores, mientras los ensambles opositores insistían en dialogar y en votar. Seguirle el juego al poder establecido es caer en una molienda que no deja hueso sano. Y sin embargo, eso es exactamente lo que algunos quieren hacer. O no quieren aprender. O han aprendido de una manera que los incorpora al reparto de la hegemonía.

Pensar con el hígado
Lo ideal es pensar con el cerebro. No con el corazón ni mucho menos con el hígado. Cuando se piensa con el cerebro, es decir cuando se ponderan las cosas, se las reflexiona con serenidad, se las evalúa, uno tiende a cometer menos errores. Cuando uno piensa con el corazón, es decir cuando se deja llevar por las emociones, por las actitudes, incluso por el orgullo, entonces la posibilidad de error aumenta. Cuando piensa con el hígado, es decir con las pasiones extremas, con la venganza entre ceja y ceja, con el deseo de hacer daño, uno siempre termina cometiendo errores. En realidad, eso no es pensar, eso es degradar su propia humanidad.
¿Por qué digo todo esto? Porque podemos pero no debemos imitar a quienes piensan con el hígado, es decir no piensan, sino insultan, profieren vituperios, tratan de descalificar a todos los que sea críticos, por el sólo hecho de serlo. En la hegemonía hay muchos que piensan con el hígado, y en la acera de enfrente, también. ¿Qué logran? Reforzarse mutuamente. Impedir que se pueda pensar como es debido.

Un tirito al gobierno…
Y otro a la revolución… Ese parece ser el “principio rector” de no pocos expertos que, en sus sesudos análisis, terminan por evadir cualquier compromiso inequívoco, y en cambio plantean los infaltables “escenarios”, siempre contradictorios, para no quedar mal, pase lo que pase. ¡Qué desgracia! Y no tanto porque desperdicien el talento que puedan tener en tanto oportunismo. No. Desgracia porque algunos medios o redes sociales les dan cierta audiencia, y cómo los supuestos análisis son, en rigor, incomprensibles, mucha gente se paraliza o se desencanta aún más.

Hay unos de estos expertos que son tan descarados, que siempre plantean tres opciones equivalentes: que gane fulano, que gane mengano, que fulano y mengano queden empatados. Y así con todo. Y encima nunca revelan quién los financia, o sea para quién trabajan. No es de extrañar que traten de aprovecharse de las situaciones, echando un tirito al gobierno, y otro a la revolución. ¿O no?

Elecciones colombianas
Iván Duque, del uribismo, pasa sólido a la segunda vuelta con casi el 40% de los votos. El izquierdista Gustavo Petro no obtuvo una votación acorde con las expectativas de su parcialidad política, y tiene la cuesta empinada de la desconfianza que suscita entre muchos electores del centrista Fajardo y también de Vargas Lleras. ¿Eso significa que el mandado está hecho y que Duque será el próximo habitante de la Casa de Nariño? No lo significa de forma absoluta, porque, entre otras razones, las campañas no son ejercicios de matemática electoral.

Dicho esto, también comparto mi aspiración de que Duque gane en la segunda vuelta. Es lo que más le conviene a Colombia. A sus instituciones políticas, a su empuje económico y a la política social, sin los desafueros de la demagogia empobrecedora.

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