Opinión

“Alirio Rodríguez” Homenaje póstumo a un gran pintor venezolano

18 mayo, 2018 | 12:00 am

Alirio creó, entre otras cosas, una escuela pictórica que funde la modernidad del dibujo con el “mosaiquismo”

Alirio Rodríguez, el brillante pintor guayanés que falleciera recientemente, ingresó en 1947 a la Escuela de Artes Plásticas de Caracas y, en los años 50, comenzó a trabajar en el Taller Libre de Arte, exponiendo sus obras en las “muestras colectivas” de dicho centro. Posteriormente se dedicó a estudiar pintura en Roma, así como la evolución y técnica del mosaico en Ravena. A su retorno a Venezuela, es llamado como profesor por el Instituto Pedagógico de Caracas.

Recibió múltiples premios, entre ellos: el Arturo Michelena en 1962; el Nacional de Artes Plásticas en 1969; el Alejandro Otero, del Estado Bolívar y el Renaissance des Arts, en París en 1981.

De él dijeron los expertos que era un pionero de la ficción pictórica y de la “figuración, a través de sus fantasmas, sombras difusas, parecidas a los sueños”.

En nuestro criterio la obra más importante de Alirio es el vitral ubicado en la sede de la Corte Suprema de Justicia, que hemos denominado “El Gran Vitral Azul”, constitutivo de la representación de la justicia definitiva e inapelable. El Gran Vitral cubre 750 metros cúbicos, su peso es de 49 toneladas y su fondo es azul “simplemente azul, como si quisiera alcanzar los términos absolutos, totalmente ajeno a otros colores”. Su tema central es la justicia, representada por tres figuras que configuran una “hipóstasis”, concepto éste que alude al misterio de la unicidad de un ser en el cual coexisten otros, como es el caso de la Divina Trinidad.

Cabe la pregunta de ¿qué sentido tiene para el jurista la multiplicidad de elementos ofrecidos por el “Gran Vitral”? La figura principal es la que aplica la norma: es el juez, es la justicia y por ello, de sus manos emergen las cuerdas que lo vinculan con las restantes realidades. En los planos superiores están enmarcadas las normas perpetuas, las que trascienden al hombre y a sus circunstancias. Por lo que atañe a la justicia, se trata de un valor, esto es, uno de los fines perseguidos por el hombre, como un bien inmaterial inmutable e inalienable. Quizás es el valor más perdurable en el tiempo. Otros valores, por ejemplo: la belleza y la libertad, a pesar de su universalidad, son variables, porque no hay belleza absoluta capaz de ser recibida como tal por todos los hombres de todos los siglos, sino que los ideales estéticos varían con las latitudes y tiempos. La belleza, a pesar de ser la encarnación de la armonía, de los elementos que integran un conjunto, no ha podido librarse de las influencias ideológicas. Asimismo, la libertad, otro de los grandes valores del hombre, que no es otra cosa que su autodeterminación, no es absoluta: El hombre la enajena por otros valores, e incluso, por simples bienes. La justicia sí es absoluta, porque ella lo que persigue es el deseo más firme del hombre racional, consistente en que le sea dado a cada quien lo que le corresponde.

Hoy recordamos la frase de Alirio que alude a la correspondencia entre las variaciones en el color del vitral y las decisiones del Máximo Tribunal, señalándonos que, una vieja tradición medieval, establece la consonancia entre los estados de ánimo y las luces internas que iluminan los segmentos de un vitral. Según dicha tradición en el caso presente, el vitral resplandecería cuando la sentencia es justa y se vuelve opaco cuando ella atiende a intereses mezquinos. Mi rutina en el tiempo en que formé parte de la entonces Corte Suprema de Justicia, fue acudir al vitral al ser dictadas las sentencias más significativas y, siempre tuve la misma respuesta: el vitral era de un azul luminoso, solo cuando en tales decisiones se consagraba la justicia.

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