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El último y nos vamos

10 y te vas (VIII)

10 y te vas (VIII)

Salvador Fleján

@salvadorflejan

Esta semana continuamos con la serie “10 y te vas”; un ejercicio antológico de recopilar los diez sitios donde comerías por última vez si te encontraras en el trance de abandonar la patria y quisieras llevarte un suvenir gustativo de Caracas.

¿A qué te sabe Caracas? Fue la pregunta que me hizo una amiga en días pasados a propósito de la lectura de una de estas columnas que tuvo la amabilidad de leer. Le dije que precisamente la intención de estos textos era darle una respuesta aproximada a esa interrogante. Caracas está (o más bien estuvo) cargada de muchísimos sabores. Intensos y sorprendentes algunos, desabridos y decepcionantes otros. Con los tiempos que corren es cada vez más frecuente toparse con estos últimos. La escasez de insumos de calidad, la diáspora de chefs, cocineros y personal calificado en el área de cocina han atentado con los sabores de Caracas. Hasta conseguir una humilde empanada bien ejecutada se ha hecho una tarea harto difícil por estos días. Curiosamente, quiénes han sufrido más los embates de la crisis han sido los restaurantes especializados en la  llamada “comida “criolla”, que se compone, bien se sabe, de casi todos los rubros desaparecidos de los anaqueles desde hace más de tres años. Por eso sorprende como hoy en día un restaurante como La Casa Bistró mantenga sus puertas abiertas ofreciendo, con toda certeza, la mejor cocina autóctona venezolana. Recuerdo que fui  a su inauguración. Era sábado o domingo, no lo recuerdo. Lo que sí se fijó en mi memoria era la seriedad con que emprendieron ese arriesgado proyecto. A pesar de que se trataba del día inaugural y de todos los errores que se podían cometer producto de la premura, la novatada y las “ganas de hacerlo bien” disfrutamos de una clase magistral de cocina venezolana. Si usted tiene proyectado migrar a Islandia, Belice o Dinamarca, lo mejor es que cargue en su equipaje gustativo lo que esa gente saca de sus fogones. Para la historia, créanme. Yo cometí un ligero error de pedir de entrada una ración de empanadas variadas. Las empanadas estaban geniales, su problema era el tamaño: estaban a escala de la cocina de la Barbie. Con todo y esa pequeña trampa, quedé atrapado. Nuestros sabores (¿de Caracas?) estaban concentrados allí. El ají dulce, la cebolla en su punto de caramelización, la carne mechada esponjosa e inofensiva a las encías, era el primer manjar que nos entregaba Casa Bistró. Ya luego, un mesero más  amable nos guiaría por derroteros más amables. Ordenamos unas delicias que la gerencia de Casa Bistró ha dado por bautizar “cazuelas”. En realidad son verdaderos prodigios gastronómicos servidos y presentados en unos pequeños calderos que uno desea llevarse a casa apenas culminado el yantar. Estas cazuelas son el sueño húmedo de cualquier glotón del patio. Con huevos pueden hacer cualquier cosa inimaginable: homelets, huevos benedictinos, perico, revoltillos o cualquier otra fantasía patria. En carnes no dejen por fuera el asado negro, no cometan ese pecado. Hay una locurita llamada “Patacones con ensalada y sardinas”, si lo pelan no me hablen, háganme el favor. Este restaurante venezolano es la merma. ¿Postre? La torta de queso y el “Negro en camisa”. ¡Por Dios! En Maiquetía, en cualquier counter vas a extrañar esto, pana.